Este texto lo escribí en el 2006. En ese año fueron unas de las elecciones presidenciales más controvertidas de la historia de México. Pero es aplicable también al presente.
La gente que admiro.
por Isaac ChargoyHace algún tiempo una duda asaltó a mi cabeza. Originada principalmente por los acontecimientos actuales sobre las elecciones gubernamentales que se viven en mi país, México, y por la gran decepción que incontables ocasiones me han producido las personas que han llevado las riendas de este país; esto me llevó a pensar a quién realmente admiro. En una sociedad ética y productiva, el principal blanco sería el gobierno, pero en este caso, raya en lo ridículo ese pensamiento. También me pregunté, entonces, quién hace que el país avance o por lo menos no se caiga a pedazos; si las personas que debieran hacerlo, evidentemente no lo hacen. Todo esto me hizo recordar un libro de un escritor que siempre he admirado, en el cual habla de cómo mejorar la eficiencia en el trabajo, y unas de las cosas que más llamaron mi atención fue que dedicaba este libro a las personas trabajadoras, a las que realmente hacían su trabajo como un deber. Eso respondió mi cuestionamiento.
Las personas que sinceramente admiro son aquellas que siempre están trabajando y llevando la función sin importar lo que esté pasando a su alrededor: la madre que ejecuta incontables tareas y obligaciones para que sus hijos tengan una vida placentera, el ejecutivo que se desvela hasta muy entrada la noche para hacer que su empresa siga creciendo y no caiga en la bancarrota, el oficinista que no roba ni hace un trabajo de una calidad menor a la que puede lograr, el estudiante que no hace trampa en sus exámenes, el político que vela por los intereses de quienes lo eligieron haciendo un lado sus deseos personales, el policía que no duda en ayudar a un tráusente sin esperar nada a cambio, el ayudante doméstico que siempre trata de hacer su mejor esfuerzo en las labores de la casa sin que tenga que ser vigilado, los individuos que se detienen a ayudar a un conductor que acaba de tener un accidente automovilístico, el músico que derrocha toda su pasión en sus creaciones sólo por su propia determinación, la presidenta de una asociación civil que ni siquiera se detiene a pensar si le van a agradecer sus acciones altruistas, el médico que hace hasta lo imposible por salvar a sus pacientes sin importar el esfuerzo que le tome, el niño que comparte sus pequeños ahorros, el hijo que atiende a sus ancianos padres sin pensar que son una carga, el científico que trabaja en fines de semana para encontrar una cura para esa enfermedad mortal, el conserje que aprecia su trabajo y lo útil que es, los vecinos que comparten sus alimentos en un desastre natural, el padre que hace trabajos inhumanos para que sus hijos nunca tengan que hacerlo, aquel que dona una gran parte de su patrimonio para una causa mayor, y el individuo que hace su trabajo aunque sea mal pagado y poco agradecido pero sabe mejor que nadie que si él no lo hace, nadie lo va a hacer.
Todos aquellos individuos tienen mi admiración completa, pues a pesar de todos los acontecimientos y cosas que puedan ocurrir a su alrededor, nunca han dejado de empujar en este gran molino que es la vida. Así que yo no me preocupo demasiado cuando algún que otro loco asume una posición de gran poder y quiere llevar un país o región a su destrucción, o un solo grupo trata de gobernar para sus propios intereses creados sin la más mínima consideración de sus semejantes. Existen todavía muchas gentes que literalmente darán la vida para que esto no suceda. Las palabras del “Right Honourable” (un título de honor en el Reino Unido) Edmund Burke lo resumen perfectamente: “Todo lo que se necesita para que triunfe el Mal es que los hombres buenos no hagan nada”.
En el momento que todos estos hombres y mujeres que he mencionado dejen de hacer lo que incansablemente han estado haciendo durante todo el tiempo que la humanidad ha existido, sólo en ese momento estaremos verdaderamente en problemas. Sin embargo, dudo que algún día desistan de sus grandes metas; al menos no yo y espero que tampoco tú.
Muchas gracias a todos aquellos.
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